lunes, 27 de diciembre de 2010

Pagar por trabajar

Vengo del supermercado LIDER y los universitarios que empaquetan las mercancías me dicen que deben pagar por ese trabajo. Así es. Ni más ni menos. Son $ 500 pesos por cada turno de 3 horas, una camisa por $ 5.000 y el polerón de invierno que vale $ 10.000. El pago lo recibe Universitarios Everest, empresa externa, subcontratada por los ejecutivos del supermercado LIDER, que se lava las manos frente a esta obscenidad. A cambio de esos pagos, los jóvenes empacadores reciben la caridad de los clientes, vale decir la propina voluntaria. 


No conozco en el mundo otro país en que se pague por trabajar. Este es el extremo de la denominada flexibilidad laboral. Cómo no se ha podido eliminar el salario mínimo, ideal del neoliberalismo, el sistema ha encontrado subterfugios; en este caso, se aprovecha de la necesidad y fragilidad de los jóvenes pobres, para minimizar el costo del trabajo. 

Nuestro ministro de Hacienda, dice que el país se encuentra en un “círculo virtuoso” de crecimiento, creación de empleo y baja inflación, lo que permitirá alcanzar el desarrollo en el 2018. Seguramente desconoce que en Chile se paga por trabajar, pero sabe que esos jóvenes empaquetadores ayudan al INE a subir las cifras de empleo. No desconoce, sin embargo, que la tasa de sindicalización y la negociación colectiva son bajísimas en nuestro país. Tan bajas que merecen el reclamo de la OCDE, organización de países desarrollados a la que Chile acaba de incorporarse. También saben nuestras autoridades sobre el uso abusivo de la subcontratación para hacer difusa la persona del empleador, utilizando numerosas razones sociales, lo que permite eludir la formación de sindicatos, el pago de gratificaciones y las cotizaciones previsionales. 

Hay que ser justos. La precariedad laboral no la inventó el actual Presidente, sino su hermano, José Piñera. Era la época en que las leyes laborales tenían un sólido apoyo en la fuerza material del general Pinochet. Sin embargo, cuando las armas fueron reemplazadas por la política no se hizo efectivo ningún cambio sustancial que favoreciera la posición negociadora de los trabajadores. Más aún, en tiempos de los cuatro presidentes de la Concertación disminuyó la sindicalización y la negociación colectiva. Permaneció además la sorprendente disposición que permite despedir trabajadores por “necesidades de la empresa”. Así las cosas, el crecimiento con equidad se convirtió en retórica y la distribución del ingreso no pudo mejorar. 

Por otra parte, el crecimiento del 6% y la baja inflación también merecen calificaciones. En efecto, crecer exportando cobre y vendiendo productos chinos en los malls aumenta la actividad, pero no ayuda mucho al objetivo de alcanzar el desarrollo para el 2018. Es imprescindible diversificar la matriz productiva-exportadora si se quiere un país con autoridad y plenitud de derechos en la OCDE. Lo decía el actual ministro Larraín, cuando investigaba en Harvard. 

Finalmente, una baja inflación siempre es buena, pero en un país normal. No en el nuestro en que la población vive endeudada con tarjetas de crédito usureras, que encarecen cada producto en un 50% anual por lo bajo. Ello significa que el aumento de precios no es un dígito, sino mucho más, para los pobres y sectores medios de nuestro país. 

En suma, las cifras de creación de empleo que entusiasman a las autoridades gubernamentales debieran tener muy presente la precariedad laboral que existe en el país, que incluye la vergüenza de pagar por trabajar. Atacar la precariedad laboral, así como regular las tasas de interés de las tarjetas de crédito y apuntar a un crecimiento con diversificación productiva nos ayudarían a un doble propósito: tener un país decente y alcanzar el desarrollo. 

02-12-10

El mundo al revés

Sorpresas nos da la vida. Temas sensibles para la centro-izquierda han sido bien enfrentados por Piñera, quien además ha colocado una decidida voluntad en el salvataje a los mineros. Decidió modificar la Ley Antiterrorista y retirar las querellas contra mapuches, trasladándolas a tribunales civiles. Anunció el término del descuento del 7% a los jubilados y la condonación de la deuda de propietarios modestos. Suspendió la construcción de la termoeléctrica en Punta Choros. Apoyó sin vacilaciones al Presidente Correa ante la insubordinación de la Policía en Ecuador. Estos mismos temas o similares no fueron debidamente atendidos por los gobiernos de la Concertación, razón poderosa para su derrota electoral. Es el mundo al revés. 

Antes, bajo presión de las forestales y con el apoyo de la derecha, los gobiernos de Lagos y Bachelet utilizaron la Ley antiterrorista y militarizaron la Araucanía. Ello no sólo fue un grave error para una Administración inspirada en ideas de centro-izquierda, sino que esa decisión abrió una brecha inmensa entre el Estado y el pueblo mapuche, agudizando la beligerancia de éste por sus reivindicaciones territoriales. El tema mapuche es de larga data; sin embargo, resulta paradójico que el “sacrosanto” derecho de propiedad haya sido más defendido por la Concertación que por el actual Presidente. 

El anuncio de la eliminación paulatina del 7% y la condonación de la deuda de algunos propietarios habitacionales revela que cuando existe voluntad política es posible encontrar holguras presupuestarias para responder frente a justas demandas ciudadanas. Esta es una lección para los políticos de la Concertación que cometieron el error de subordinar ciegamente sus decisiones a economistas neoliberales, de dudoso compromiso social. Al mismo tiempo, la desautorización del proyecto de Punta Choros recogió un masivo apoyo tanto de medio-ambientalistas como de los habitantes de Coquimbo. 

Es que ya no caben dudas que la institucionalidad medio-ambiental de la CONAMA ha sido más permeable a los intereses empresariales que a las preocupaciones ciudadanas, como se observó en la represa del Alto Bío-Bío en el gobierno de Frei y con el desastre de los cisnes de cuello negro durante el gobierno de Lagos. En consecuencia, ante una institucionalidad frágil e inoperante, la decisión presidencial era la única instancia válida para la protección de un santuario de la naturaleza. 

Cuando Piñera decide repudiar la insubordinación en el Ecuador, muchos recordamos, con tristeza, que en el año 2002, frente a una situación aún más grave en Venezuela, el gobierno del Presidente Lagos se ubicó del lado de los golpistas, atribuyendo la crisis de gobernabilidad a Chávez, el presidente constitucional. En ese momento la credibilidad democrática de la Concertación y del país se vieron seriamente lastimadas. Otra paradoja que nos entrega la política chilena. 

Finalmente, resulta sorprendente que en el mismo día de la celebración de los 22 años del NO, el senador Lagos Weber haya cuestionado las declaraciones del Presidente Piñera por sostener que se necesita un tipo de cambio que dé estabilidad a la inversión y sea competitivo para las exportaciones. Nuevamente, nos encontramos en el mundo al revés. 

Una perla más que se agrega a los errores de la Concertación, cuyos personeros debieran promover una política cambiara activa para apoyar a los pequeños productores y diversificar las exportaciones. Se prefiere, en cambio, defender el inmovilismo del Banco Central y su autonomía, en línea con el pensamiento económico más conservador. 

En suma, desafiando a su propio bloque político, incomodando al Poder Judicial e incluso provocando molestias empresariales, el Presidente Piñera ha respondido hasta ahora a demandas ciudadanas en ámbitos en que los gobiernos de la Concertación fueron débiles y contrarios a los intereses de la mayoría. Ya veremos como sigue esta teleserie. Hasta ahora es el mundo al revés. 

06/10/2010

La Tercera Fuerza

Se ha abierto una interesante oportunidad para la emergencia de una tercera fuerza política en el país. La complacencia de la Concertación con el orden existente, la identificación de la derecha con la represión pinochetista y el rechazo de los jóvenes al actual sistema político han puesto en cuestión, por primera vez en veinte años, la alternancia entre los dos bloques que han monopolizado la vida política. 

Así las cosas, se abre espacio para que una izquierda moderna enfrente los desafíos del siglo XXI, recoja las demandas de los descontentos, ofrezca un programa transformador a los chilenos y ayude a democratizar de una vez por todas el país. 

Durante el siglo XX, desde Recabarren hasta Salvador Allende, más allá del signo de los gobiernos, la izquierda chilena fue determinante en la democratización y modernización del país. Junto a otros sectores progresistas aportó vigorosamente para la ampliación de los derechos políticos y sociales, la educación no confesional, la recuperación de las riquezas básicas, el derecho de las mujeres a su vida reproductiva, la recuperación de la tierra para quienes la trabajan, un Estado promotor de la actividad económica, la diversidad cultural y el fomento de la organización y participación ciudadana. 

A partir de septiembre de 1973 se produce un cambio radical, con la restitución de los rasgos más agresivos del capitalismo. Se instala un orden político excluyente, una institucionalidad económica favorable a los grandes empresarios, políticas sociales fundadas en el lucro y el retorno a una cultura decimonónica. 

La recuperación de la democracia y los diecinueve años de gobiernos de la Concertación no modificaron las bases fundacionales del gobierno militar, aun cuando la pobreza se redujo y las libertades públicas refrescaron la sociedad. 

En consecuencia, la emergencia de una nueva fuerza de izquierda en el panorama político nacional resulta indispensable, porque los partidos históricos de ese signo, miembros de la coalición de gobierno, renunciaron a la tarea transformadora que les dio origen. En segundo lugar, porque las demandas crecientes de una ciudadanía desencantada podrán encontrar allí su referente político. Y, en tercer lugar, porque la democracia se verá fortalecida con una participación y representación ciudadana que abra sus fronteras más allá de los estrechos límites actuales. 

Hay otras dos condiciones favorables para la emergencia de una fuerza política alternativa al duopolio existente. Por una parte, la anunciada crisis económica con un desempleo que probablemente superará la de fines de los años noventa, conducirá a amplias movilizaciones de trabajadores, reanudará las reivindicaciones estudiantiles y acentuará las protestas de los pequeños empresarios frente a una banca insensible. Ello pondrá en dificultades al gobierno, pero radicalizará al mismo tiempo el cuestionamiento a la propia institucionalidad que inventó la derecha. 

Por otra parte, los tiempos de cambio que recorren todos los países vecinos, en desafío al neoliberalismo y a la corrupción política, soplarán con mayor fuerza en nuestro país y marcarán la campaña electoral. Chile no es una isla y la demanda por un nuevo pensamiento y liderazgos alternativos estarán a la orden del día. 

La construcción de un bloque político y social por los cambios, con un nuevo pensamiento que se haga carne en la ciudadanía, estará a la orden del día en los próximos meses. Y, las próximas elecciones presidenciales serán sólo un hito para cumplir con esa tarea mayor. Un candidato único de la izquierda y una propuesta transformadora, debieran servir para que la ciudadanía identifique una alternativa clara frente a una derecha, inventora de la institucionalidad actual, y a la Concertación, que no tuvo voluntad para cambiarla. 

No obstante, las cosas no son fáciles. El Partido Comunista, que ha sufrido injustamente de exclusión durante el periodo pos-pinochetista, se ha propuesto aprovechar las elecciones de diciembre para llegar al Congreso. Intenta eludir la exclusión mediante pactos parlamentarios con la Concertación. 

Sin embargo, eludirla no significa eliminarla, ya que ello sólo será posible con un cambio constitucional y del régimen electoral binominal, que asegure una representación justa de todos los ciudadanos en el sistema político y no sólo de los partidos actualmente al margen. 

Por otra parte, el senador Navarro, con una inédita ofensiva publicitaria a lo largo del país ha insistido en llevar su propia lista parlamentaria, intentando con ello hegemonizar la nueva fuerza en construcción, para subordinarla a sus intereses presidenciales. 

Los descontentos están a la expectativa. Probablemente no quedarán satisfechos si en esa nueva fuerza emergente predominan los intereses personales y partidarios por sobre la tarea de cambiar el país. 

Tampoco recuperarán el entusiasmo si se coloca el énfasis en un pacto electoral que debilite el proyecto diferenciador de la izquierda en construcción. 

Si lo secundario predomina sobre lo principal habrá que esperar algunos años más para derogar la constitución antidemocrática y avanzar en la construcción de un nuevo modelo de desarrollo. 

09-02-09