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miércoles, 22 de diciembre de 2010

LA TRANSICION DE OTERO

Miguel Otero no conoce Argentina. Sus dichos son un golpe al corazón a las madres de la Plaza de Mayo y al propio Canciller argentino, torturado hasta el cansancio por los esbirros del dictador Videla, homónimo de Pinochet en la represión a los demócratas. Además, el ex embajador, al colocar en entredicho las violaciones a los derechos humanos como política de Estado, ha borrado de una plumada los informes internacionales y nacionales que probaron fehacientemente las aberraciones cometidas durante el régimen de Pinochet.

Parece que hay seres humanos que más allá de realidades insoslayables o que representen institucionalmente al país, en la hora cero revelan su verdadera ideología y ponen en evidencia los profundos sentimientos que los caracterizan. Es el caso de Otero, a quien los dolores de los chilenos, la fuerza de la razón o la propia evolución cultural de la sociedad no lo conmueven. Por ello, sus frases posteriores de arrepentimiento resultaron poco convincentes. En él no hay tránsito alguno a favor de una cultura democrática. Mala cosa para los esfuerzos del Presidente Piñera de desmarcarse de la derecha decimonónica.

Recuerdo bien a Otero, fiscal de hierro en septiembre de 1973, quien como interventor en la Facultad de Economía de la Sede Norte de la Universidad de Chile, me expulsó de las aulas por “fomentar ideologías foráneas”. Conmigo se fueron a la calle y a las cárceles, con el mismo argumento, profesores intachables, incluido Marco Aurelio García (hoy asesor del Presidente Lula) y alumnos brillantes, quienes han tenido posteriormente una vida pública destacada.

Estudiantes y profesores argentinos, brasileños, peruanos, ecuatorianos, bolivianos, paraguayos, panameños, norteamericanos y centroamericanos que convivían en las aulas de la Facultad de Economía de la calle República, convertida posteriormente en el cuartel central de la CNI, fueron reprimidos por Otero. Estoy seguro que él no ha recibido ni el olvido ni el perdón de los 16 jóvenes de mi facultad que fueron ejecutados a partir del “pronunciamiento militar”, promovido por el fiscal de la época. Más aún, con sus dichos, el embajador para tiempos oscuros, abrió aún más la herida abierta en los familiares de los jóvenes mártires.

¡Qué gran diferencia entre Otero y el General Balza!, a quien conocí en Quito cuando yo era embajador y él Comandante en Jefe del Ejército argentino. Al saber que yo había sido detenido en Buenos Aires, gracias a la Operación Cóndor, me habló lleno de emoción: "Embajador Pizarro, le ruego me perdone por lo que le hicimos. Esto nunca más sucederá en mi país". Con estas palabras, que ya las había hecho públicas a su propia nación, me sentí reparado por Argentina. Eran las palabras de un hombre valiente, que sin hacer cálculos políticos me reiteraba personalmente lo mismo que dijo en una visita a Santiago: “¿Quienes éramos las FF.AA. para decidir los que tenían que vivir o morir? ¿Quienes éramos para recurrir a macabros procedimientos, como el homicidio, la desaparición forzosa de personas, la tortura, la privación ilegítima de la libertad y la reducción a servidumbre?” (El Mercurio, 27-09-03).

Las palabras del General Balza me reconciliaron con Argentina, país que quiero y respeto.

Por otra parte, en junio del 2003, el Comandante en Jefe del Ejercito chileno, el General Cheyre, pronunció al fin el demorado y esperado “nunca más”, que no fue capaz de efectuar Pinochet. Ello abrió camino al reencuentro de los militares con la ciudadanía. Sin embargo, los civiles instigadores del golpe y la represión en Chile han mantenido hasta ahora un riguroso silencio. Éstos no tienen la humanidad y valentía del General Balza, ni la inteligencia y dignidad del General Cheyre.

Es el caso de Otero, quien nunca debió haber sido nombrado embajador en Argentina.

09-06-10

sábado, 20 de noviembre de 2010

¿Y los civiles…?


Agustín Edwards publicó la “carta personal” que le envió el Presidente Lagos porque probablemente no pudo resistir que éste impugnara a pedir perdón a los civiles vinculados a la dictadura a pedir perdón.

El dueño de El Mercurio no aceptó este llamado de atención que le toca tan personalmente, trasparentando una relación con Ricardo Lagos que, según revela la carta, ha sido bastante fluida. El llamado a la autocrítica a los civiles golpistas quedó en la nada gracias a la operación comunicacional de Edwards, facilitada por esa carta, tan mala en la forma y fondo. Así, pasó al olvido el asunto principal: los civiles golpistas.


Ha sido difícil el reencuentro entre civiles y militares. Es natural que así haya sido. Hay muertos de por medio y, además, Pinochet hizo de todo para impedirlo. La perseverante lucha de las organizaciones de derechos humanos ha colocado las cosas en su lugar. Los criminales están siendo juzgados y el dictador ya no es referente político ni moral, gracias a jueces nacionales e internacionales dignos.


Por su parte, el esfuerzo del General Cheyre para que las Fuerzas Armadas vuelvan a su camino institucional ha sido meritorio. Los uniformados han comenzado a recuperar la credibilidad perdida. Ha sido duro para los militares, pero es que no hay deuda que no se pague. Y, ya verán que valió la pena. Siempre es mejor estar con el pueblo que con los poderosos.


Soy de los que creen que la responsabilidad principal del golpe del 73 es de los civiles, de la derecha política y de algunos poderes fácticos que siempre han sacado las castañas con la mano del gato y que hoy día eluden olímpicamente su culpabilidad. El senador Diez ha dicho que no sabía que se asesinaba y torturaba en el régimen que él defendía con pasión desde las tribunas de Naciones Unidas.


El senador Novoa, Subsecretario del Interior con Pinochet, no puede haber sido ciego y sordo cuando se cometían los crímenes. Ricardo Claro estaba al lado de Pinochet cuando éste conversaba con Kissinger y fundamentaba la Operación Cóndor. Apenas elegido Allende, el dueño de El Mercurio salió de Chile y se autoexilió en las oficinas centrales de la Pepsi Cola en los Estados Unidos para trabajar en la conjura contra el Presidente Allende y, durante la dictadura, cumplió con entusiasmo su papel de publicista del régimen. Y, ahora, resulta que todos estos civiles no sabían de asesinatos, exilios y torturas. La culpa recayó sólo en los militares.


¿Cuál fue el error de los militares? Creerles a los civiles golpistas. En primer lugar, creerles que se fraguaba un régimen que atentaría contra las Fuerzas Armadas, lo que se probó sin base alguna cuando en la hora de la verdad Salvador Allende luchó solo, hasta el suicidio, en La Moneda. En segundo lugar, creerles que había que arrasar con los partidos políticos y con los sindicatos, para imponer el orden.


Ahora, los militares se habrán dado cuenta que la tarea sucia sirvió, en realidad, para que los grandes empresarios acumularan fortunas sin que los sindicatos pudiesen negociar salarios y sin que las clases medias pudiesen protestar por la privatización de la salud, la educación y la seguridad social.


Los militares utilizaron el monopolio de las armas que les habían entregado todos los chilenos para cumplir los objetivos que se propusieron un grupo de civiles y con ello tiñeron con sangre de compatriotas los estandartes de sus cuarteles. Los civiles de derecha y los empresarios fácticos hasta ahora se han lavado las manos. Están en deuda con la ciudadanía y con las Fuerzas Armadas. Todavía esperamos que se hagan la autocrítica.

28-09-05

Raúl Vergara


El nombramiento del Capitan Raúl Vergara como Subsecretario de Aviacion nos ha provocado un sentimiento de profunda alegría. En primer lugar, porque se ha reconocido a un hombre que a lo largo de toda su vida ha enfrentado las pruebas más difíciles con admirable valentía y firmeza de convicciones, pero sin el menor asomo de soberbia. En segundo lugar, porque ese nombramiento coloca en su lugar a una democracia que se mostraba renuente a reparar las injusticias cometidas contra los militares que se negaron a secundar el golpe de Estado en 1973.



Desde el establecimiento de la democracia, el trabajo de Raúl y de sus camaradas de armas en favor de la restitución de sus derechos ha estado llena de dificultades. Hace muy poco tiempo, pudieron recuperar sus derechos previsionales, luego de un largo periodo de ires y venires y de largas discusiones con autoridades de Gobierno, políticos y militares. 


Pero, más difícil aún ha sido la falta de reconocimiento de la democracia chilena al honor militar que significo el comportamiento del Capitan Vergara y de sus compañeros en defensa de la Constitución en 1973. El nombramiento de Raúl reivindica a ese puñado de militares patrióticos que a costa de inmensos sacrificios prefirieron vivir con honor antes de sumarse a la conjura golpista.


Los militares que en 1973 respetaron la Constitución fueron expulsados de sus instituciones, vejados por sus propios compañeros, condenados por delitos inexistentes y, la mayoría de ellos, debio sufrir el destierro. Mis conversaciones con Raúl, a lo largo de muchos años de amistad, me han permitido comprender el dolor que vivieron los militares democráticos cuando fueron avasallados por sus propias instituciones y éstas se colocaron al margen del poder civil.


A comienzos de 1990, recién restaurada la democracia en Chile, me visitó Raúl en mi lugar de trabajo en Managua para pedir mi opinión sobre una carta que había preparado para enviar al General Fernando Mathei, en ese momento Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea. Con respeto, pero con firmeza, el Capitán Vergara solicitaba su reincorporación a la Fuerza Aérea, la restitución de todos sus derechos y la anulación de todos los cargos por los que había sido condenado, primero a la pena de muerte y luego a la de extrañamiento.


En aquellos momentos la carta de Raúl me pareció una locura y asi se lo representé. Sin embargo, al cabo de los años he entendido perfectamente el significado profundo de esa carta. Su trascendencia ética y su validez práctica. Porque con esa carta el Capitán Vergara mantuvo en alto sus principios y, al mismo tiempo, inició muy tempranamente la lucha de los militares constitucionalistas por recuperar sus derechos.


Con el nombramiento del Capitan Vergara la Presidenta Bachelet ha ratificado su valentía, reparando esa injusticia que significa el olvido. La presencia pública de Raúl nos recordará permanentemente a ese grupo de hombres uniformados que optaron por el honor militar antes que por la traición al pueblo de Chile.

Militares en Transición


Después de la Parada Militar, el Comandante en Jefe del Ejército declaró el término de la transición para su institución. Pero, inmediatamente añadió, quizás con cierta pena, que mientras no terminaran los procesos por violaciones a los derechos humanos contra militares “no vamos dar por definitivamente terminada la transición.”


En esta aparente contradicción, el jefe del Ejército reconocía la subordinación al poder civil que les corresponde a las instituciones armadas en democracia y asumía, al mismo tiempo, las responsabilidades de sus hombres por atentados a la ciudadanía durante la dictadura. Asumir estas responsabilidades ha sido más difícil que aceptar la subordinación al poder civil.


El General Prats, antes de su muerte, anunció la oscura noche que se le vendría a los militares. Dice en sus Memorias: “…el 11 de septiembre de 1973, por fin la alta burguesía chilena logró satisfacer su ambición de derrocar al Gobierno Constitucional de Chile, usando a las FF.AA. como instrumento de destrucción fraticida, las que -desde esas trágicas horas- pasaron a convertirse en guardia pretoriana de la oligarquía”.


Los hombres de armas, que habían jurado lealtad al sistema institucional y a la Patria, se aliaron a la derecha política y a los dueños de la riqueza para agredir a los chilenos más modestos, en el campo, en las fábricas y en las universidades.


Los militares se equivocaron. No calcularon el inmenso costo que tendrían que pagar por haber servido los intereses de los instigadores del golpe de Estado. Y, probablemente, tampoco imaginaron que iban a cargar con toda la responsabilidad por los atentados contra los derechos humanos. Pero así fue no más. Exactamente como lo pronosticó el General Prats. Ello ha significado el desprestigio internacional de las instituciones armadas y en nuestro país uan brecha de desconfianza entre civiles y militares.


Gracias a la perseverancia de los familiares de los martirizados por la represión pinochetista y a la redignificación del Poder Judicial, han caído uno tras otro los responsables directos de asesinatos y desaparecimiento de personas. Los juicios sobre derechos humanos han involucrado exclusivamente a los hombres de armas. Sólo a miembros de las instituciones armadas y no a los instigadores de la conjura golpista.


No hay juicio alguno por derechos humanos que afecte a políticos, empresarios, organizaciones gremiales e incluso gobiernos extranjeros que participaron en la organización, financiamiento e incluso en la represión directa de chilenos.


Las FF.AA. son grandes perdedores con el golpe. Colocadas en el ojo del huracán de los defensores de los derechos humanos, en Chile y en el mundo, se encuentran obligadas a ocupar sus energías para protegerse como instituciones y desplegar sus esfuerzos en la defensa judicial de miembros de sus filas que actuaron directamente como criminales.


Por otra parte, las FF.AA. deben sentirse traicionadas por esos civiles que los aplaudían cuando reprimían a los sindicatos mientras ellos acrecentaban sus ganancias.


Finalmente, la tristeza los debe haber embargado cuando la última línea de argumentación de la dictadura ha quedado desbaratada con la corrupción de Pinochet.


El Capitán General no había actuado desinteresadamente para “defender a Chile contra el comunismo” sino que lo había hecho para obtener pingues ganancias. En efecto, mediante el subterfugio de las privatizaciones, facilitó no sólo el enriquecimiento de los más ricos sino también de una nueva lumpen burguesía, la de sus amigos y parientes. Pero, además, como la justicia lo viene demostrando, el dictador se benefició personalmente, gracias a la exacción de fondos del Estado, con la recepción de coimas y el tráfico de armas.


El General Prats fue premonitorio: “Cuando se instaure en Chile la nueva democracia…El prestigio de los cuerpos armados estará gravemente deteriorado por un masivo sentimiento de odiosidad y desprecio que despertará el recuerdo de las atrocidades y arbitrariedades que incurrieron las tropas durante la etapa represiva”. Lo escribió en sus Memorias, antes que en la ciudad de Buenos Aires explotara una bomba en su automovil, por indicación de Pinochet.


Las Fuerzas Armadas, con dificultades y esfuerzos, se están reencontrando con la civilidad y ésta comienza a reconocerlo. Es probable que una de las razones del apoyo popular de Michelle Bachelet diga relación con este reencuentro.


La reciente Parada Militar, encabezada por dos mujeres, la Presidenta y la Ministra de Defensa, debiera ser símbolo de los nuevos tiempos para las FF.AA. Tiempos para abrirse hacia la sociedad civil. Tiempos para garantizar a los chilenos que el monopolio de las armas está al servicio de la defensa de la soberanía, para proteger al pueblo y no para apoyar intereses de privilegiados ni para enriquecer a inescrupulosos. Esa es la transición que desean los chilenos de sus instituciones armadas.

27-09-06

Pinochet y la lumpen burguesía


La detención y procesamiento de Lucía Hiriart y de su hijo, Marco Antonio, han puesto las cosas en su lugar: serán juzgados por fraude al Fisco, que es lo mismo que robarle a los chilenos. Es la confirmación de que los años de impunidad no sólo produjeron represión, exilio y muerte, sino también corrupción y robo.


Serán los nietos de Pinochet quienes cargarán con la vergüenza de llevar un apellido que simboliza el crimen y la deshonestidad. Esto no estaba en los cálculos del dictador y su esposa. El que creyó salvar la Patria y se consideró con derecho a matar y enriquecerse a costa del Fisco ha legado a sus descendientes la ignominia. A Moreira, Labbé y Cortés Villa, esto no les importa. Con ciega lealtad a la dictadura mantienen incólume su solidaridad con doña Lucía.


No sucede lo mismo con Lavín, Novoa y Longueira, los que no se aparecen en las horas difíciles a pesar que, junto a Jaime Guzmán, convirtieron a Pinochet en el operador de su proyecto político. Sin embargo, los esfuerzos de la UDI por separar aguas del dictador han resultado infructuosos. Su pérdida de credibilidad parece tener clara correlación con los juicios que le atribuyen a Pinochet responsabilidad directa en crímenes de lesa humanidad, en el asesinato al General Prats y, ahora, en enriquecimiento ilícito y fraude al Fisco.


Así las cosas, la derecha, y especialmente los gremialistas, se darán cuenta hoy día que no ganaron con el golpe de Estado ni con el apoyo que le prestaron al régimen militar. Los beneficios económicos que les otorgó el poder, las arbitrariedades que incorporaron a la Constitución del 80 para obtener una mayor representación parlamentaria y el apoyo de la prensa, no les han servido para ganar el reconocimiento de la ciudadanía y les ha cerrado las puertas a la presidencia. ¡Cuán arrepentidos estarán de sus compromisos con Pinochet!


Las Fuerzas Armadas tampoco ganaron con el derrocamiento de Allende. El buque escuela Esmeralda, lugar de tortura en 1973, sufre violentas protestas cada vez que recala en puertos lejanos. Carabineros de Chile, recién ha recuperado su prestigio ante la ciudadanía, aunque sus mismos funcionarios se averguenzan de los degollamientos de Natino, Parada y Guerrero.


La Fuerza Aérea, no despliega con orgullo los nombres de los pilotos que bombardearon La Moneda y oculta el de los torturadores del General Bachelet y del Capitán Vergara. El General Cheyre, ha debido potenciar todas sus energías y sabiduría para retomar el camino institucional del Ejército. Muchos militares pensarán, ahora, que no valió la pena arruinar el prestigio de las instituciones armadas para enfrentar una guerra inexistente y sostener un gobierno corrupto.


Al final de cuentas, la rueda de la historia convirtió en perdedores a la derecha política, a los militares y a la familia Pinochet. En realidad, de todos los conjurados contra Salvador Allende, los únicos que de verdad ganaron fueron los hoy grandes empresarios.


El gobierno militar, según el reciente Informe de Privatizaciones, de la Cámara de Diputados, permitió que, a precio vil y con elevada pérdida fiscal, se entregaran bancos, empresas y tierras agrícolas del sector público a los empresarios que complotaron contra Allende e hizo posible que personas como Yuraseck, Ponce Lerou y Andraca, se convirtieran de la nada en grandes señores. A ellos, el golpe de 1973 sí les sirvió. Además de las privatizaciones, acumularon fortunas gracias a un modelo económico construido a su medida, sin oposición, con sindicatos ilegalizados y con prensa uniformada.


Ahora, en democracia, sin cambios en el modelo económico, han acrecentado sus ganancias y sigue siendo determinante su influencia en el poder político


11-08-05

¿Quién ganó con Pinochet?


La familia de Pinochet, los militares al servicio de sus intereses personales y sus testaferros han caído en desgracia. La detención y procesamiento de los 23 allegados al dictador han puesto las cosas en su lugar. Los años de impunidad produjeron represión, exilio y muerte, pero también corrupción y robo. Las dudas han terminado.


Los nietos de Pinochet cargarán con la vergüenza de llevar un apellido que simboliza el crimen y la deshonestidad. El que se consideró con derecho a matar y enriquecerse a costa del Fisco ha legado a sus descendientes la ignominia. A Moreira y Labbé esto no les importa. Son los únicos representantes de la derecha que se parecen en las horas difíciles. Ambos han sido leales al dictador y han asumido la vergüenza.


No sucede lo mismo con los dirigentes connotados de la derecha a pesar que, junto a Jaime Guzmán, convirtieron a Pinochet en el operador de su proyecto político. Se darán cuenta hoy día que no ganaron con el golpe de Estado ni con el apoyo y usufructo del régimen militar. Los beneficios económicos que les otorgó el poder, las arbitrariedades que incorporaron a la Constitución del 80 para obtener una mayor representación parlamentaria y el apoyo de la prensa no les han servido para ganar el reconocimiento de la ciudadanía y hasta ahora les ha cerrado las puertas a la presidencia.


Las Fuerzas Armadas tampoco ganaron con Pinochet. El buque escuela Esmeralda, lugar de tortura en 1973, sufre violentas protestas cada vez que recala en puertos lejanos. Carabineros de Chile, recién ha recuperado su prestigio ante la ciudadanía, pero sus funcionarios se averguenzan de los degollamientos de Natino, Parada y Guerrero. La Fuerza Aérea oculta los nombres de los pilotos que bombardearon La Moneda y el de los torturadores del General Bachelet y del Capitán Vergara. El General Cheyre y el actual Comandante en Jefe, General Izurieta, han debido desplegar inmensos esfuerzos y sabiduría para retomar el camino institucional del Ejército.


Muchos militares pensarán, ahora, que no valió la pena arruinar el prestigio de las instituciones armadas para enfrentar una guerra inexistente y sostener a un gobierno corrupto.


Al final de cuentas la historia convirtió en perdedores a la derecha política, a los militares y a la familia Pinochet. En realidad, de todos los conjurados contra Salvador Allende, los únicos que de verdad ganaron en toda la línea fueron los hoy grandes empresarios. El gobierno militar, según el Informe de Privatizaciones de la Cámara de Diputados, permitió que, a precio vil y con elevada pérdida fiscal, se entregaran bancos, empresas y tierras agrícolas del sector público a los empresarios que complotaron contra Allende e hizo posible además que algunos allegados a Pinochet como Yuraseck, Ponce Lerou y Andraca, se convirtieran de la nada en grandes señores. A todos ellos el golpe de 1973 sí les sirvió.


Además de las privatizaciones, acumularon fortunas con un modelo económico construido a su medida, sin oposición, con sindicatos ilegalizados y con prensa uniformada. Ahora, en democracia, sin cambios en el modelo económico, han acrecentado sus ganancias y sigue siendo determinante su influencia en el poder político. Estos son los verdaderos beneficiados del golpe militar.

09-10-07

Gonzalo Carranza


A Gonzalo Carranza le dieron la libertad para matarlo. Fue a pocas cuadras de la cárcel de La Plata, el 3 de febrero 1978, cuando tenía 27 años. Lo conocí en la cárcel de Villa Devoto, dónde estuve preso durante un año, gracias a la “Operación Cóndor”. Esta había sido la primera cárcel de Gonzalo y mi encuentro con él fue en una celda de castigo que compartimos durante dos semanas.


Eran los tiempos de Videla en Argentina y de Pinochet en Chile. Los dictadores se pusieron de acuerdo en la “Operación Cóndor” para aplastar a los grupos opositores, mediante una coordinación represiva que asesinaba, torturaba, robaba y raptaba niños. En esos tiempos la vida era una lotería. Mi esposa -también detenida en Villa Devoto- y yo nos salvamos. A Gonzalo lo asesinaron.


Cuando los chilenos ingresamos a la cárcel de Villa Devoto, los presos argentinos nos dijeron que teníamos que respetar la tradición, la que se resumía en dos conceptos: los presos políticos no corren y tampoco se abren los cantos (nalgas). “La requisa” revisaba detalladamente las celdas de tanto en tanto, exigiendo al preso descubrir su ano para buscar posibles “embutes” (escondites) y luego lo obligaban a salir de la celda y correr hasta el fondo del pabellón. El preso político debía rechazar a voz en cuello la indagación sobre su intimidad diciendo, “los presos políticos no se abren los cantos” y los guardias, en una suerte de acuerdo tácito, lo aceptaban; inmediatamente después exigían correr, pero el preso político debía gritar: “los presos políticos no corren”. Y “la requisa” dejaba pasar esa particular forma de resistir dentro de la cárcel. Eran los tiempos de Isabel Perón y de Lopez Rega.


“López Rega promovió un sistema de represión criminal clandestina que pronto se abrió paso resueltamente. Muerto Perón en julio de 1974, fue sucedido en la presidencia por su cónyuge, Isabel Martínez de Perón, bajo cuyo gobierno López Rega medró casi sin límites y su metodología se fue expandiendo sin obstáculos. El eclipse de éste en 1975 no significó la extinción del sistema sino, en realidad, su consolidación, su despersonalización y de algún modo su institucionalización. En marzo de 1976 también Isabel Perón debió abandonar el gobierno y las fuerzas armadas llevaron a sus últimas consecuencias la técnica de la represión criminal clandestina.” (Salvador María Lozada)


El 24 de Marzo de 1976 se instaló la dictadura de Videla. El gobierno de Isabel y López Rega se caía a pedazos por la corrupción, el desorden económico, el accionar represivo paralelo de la triple A, en medio de la protesta que crecía en el movimiento sindical y el accionar de las organizaciones guerrilleras. A diferencia de lo que sucedió con el golpe en Chile, el derrocamiento de Isabel Perón recibió cierto reconocimiento a nivel mundial en la ilusa creencia que se disciplinaría la represión y que volvería el orden a Argentina. No fue así. El Gobierno de Videla se convirtió en el más criminal en toda la historia argentina, con niveles de corrupción similares al gobierno derrocado. Tuvo además la pretensión de refundar la economía argentina.
“Estado Terrorista y modelo económico neoliberal fueron las dos caras de una misma moneda: el ejército se encargó de destruir físicamente las bases de apoyo y la resistencia de los sectores progresistas, sindicatos y organizaciones de izquierda, y Martínez de Hoz se ocupó de acabar con sus fuentes de alimentación: el Estado Benefactor y la industria.” (Juan Ignacio Pontis)


Cuando, en noviembre de 1975, bajo el Gobierno de Isabel, ingresé a Villa Devoto habíamos sólo dos presos por celda, los que no corrían ni se abrían los cantos cuando “la requisa” lo exigía. Todo se pudrió a partir del 24 de Marzo. Con el golpe militar de Videla ingresaron a la cárcel dirigentes sindicales, pobladores, estudiantes e intelectuales. Pasamos a ser siete presos por celda. Ya no eran los militantes convencidos, los combatientes de la guerrilla peronista o guevarista y algunos extranjeros de los países vecinos los que convivíamos en Villa Devoto.


El pueblo argentino masificó las cárceles. Y la cárcel se convirtió en un infierno. No sólo en Villa Devoto, sino en todo el país. Se impuso el terror y la venganza, desde el Estado. El general Ibérico Saint Jean, resumió los propósitos que perseguía el Gobierno militar: "Primero vamos a matar a todos los subversivos, después a sus colaboradores; después a los indiferentes y por último a los tímidos.”


Supe del asesinato de Gonzalo estando en Inglaterra, lugar de mi refugio político. Y no me he olvidado de él. 


Cuando llegó “la requisa” a mi celda, después del golpe de Videla, pude darme cuenta que la represión, que ya era brutal con Isabel, se había convertido en algo distinto. Completamente distinto. Esta vez nos golpearon con una violencia brutal, rompieron los escasos enseres que se nos permitían poseer y liquidaron en pocas horas esa tradición carcelaria de los presos políticos: ¡qué no se abren los cantos! ¡qué no corren! En efecto, ésta vez los que no nos abrimos los cantos y los que no corrimos frente a la exigencia de los represores recibimos la paliza mayor de nuestras vidas y fuimos enviados a “los chanchos”, vale decir a las celdas de castigo de Villa Devoto, en el subterráneo. Allí conocí a Gonzalo Carranza. Los gendarmes me llevaron a su misma celda de castigo, lugar de un metro cuadrado, a cemento pelado, dónde no cabíamos los dos sentados, en el subterráneo de Villa Devoto.


No recuerdo la causa por la que Gonzalo se encontraba detenido. Tampoco recuerdo su militancia. Gonzalo estaba en otro piso, en el quinto de Villa Devoto, en el pabellón de los duros, pero en el subterráneo se acumularon todos los castigados: “los subversivos, sus colaboradores, los indiferentes y los tímidos.” Allí nos conocimos y hablamos de nuestras vidas. Gonzalo era expresivo, conversador y alegre. A los guardias les gustaba hablar con él. Cuando iba al baño o a través de la puerta. Le dije que con ese encanto le sería fácil convencer al juez de su inocencia. Su tranquilidad era sorprendente cuando me dijo: el juez Russo de La Plata, el que lleva mi causa, me la tiene jurada. Soy hombre muerto.


“Hasta ese día Piñero desconocía el paradero de su esposo. La última noticia había sido que el 26 de enero lo habían trasladado los militares, pero no sabía a dónde. Entonces fue a ver al juez Russo: "No siga con las gestiones porque en lugar de uno van a ser dos", le respondió el fallecido magistrado, en alusión a que la mujer podía también desaparecer.” (Testimonio de María Teresa Piñero, esposa de Angel Piñero, asesinado en la Unidad carcelaria 9 de la Plata, meses antes que Gonzalo Carranza).


Yo sentía cierta culpabilidad al saber el destino que le esperaba a Gonzalo. Los chilenos detenidos en noviembre de 1975, en el marco de la “Operación Cóndor, teníamos cierto “capital social” como se llama hoy día. Cayeron detenidos junto a nosotros una pareja de ingleses lo que nos dio protección de la Corona y, además, la protesta internacional a favor de los chilenos era inconmensurable. Solidarizar con Chile y los chilenos significaba colocarse junto a la dignidad de Salvador Allende y al patriotismo del General Prats y rechazar la vulgaridad de Pinochet. No sucedía lo mismo con Videla, quien había derrocado a un gobierno vergonzante. Eso se pensaba hace 30 años atrás, cuando se creía que los crímenes de Videla eran distintos a los de Pinochet.


“Después de verlo en tantas fotos, un día vi una en que lo llevaban preso. Iba entre dos policías, iba viejo, con el pelo blanco y escaso, más flaco que nunca, hasta parecía tambalear o era como si lo arrastraran. No se lo veía con ganas de aceptar ese destino, pero menos aún con fuerzas como para rechazarlo. Era el Monstruo. No el que Borges y Bioy imaginaron y condenaron (instrumentando el metafórico asesinato de un intelectual judío) en un endeble cuento montevideano, no el que los irritaba y agredía convocando a los cabecitas en un día festivo, no el que organizaba en la plaza histórica su fiesta interminable. Era el verdadero Monstruo, el que hizo la fiesta más sangrienta de la historia de este país, el que no la hizo en la plaza histórica sino en los sótanos del horror o en el río inmóvil. Era Videla.” (José Pablo Feinmann).


La cárcel de Villa Devoto cambió a partir del golpe militar. Los gritos de los que se aferraban a los camastros para impedir que los gendarmes los condujeran hacia la tortura o la muerte comenzaron a escucharse a diario. Pero, en la Unidad de La Plata fue peor. Allí es donde se llevaron a Gonzalo, a Dardo Cabo, a Gorosito, a Rapaport y a tantos otros compañeros de infortunio que conocí personalmente o por sus historias políticas. A tantos que mataron y con quienes nos comunicábamos por “palomitas” (mensajes enviados por las ventanas de las celdas, mediante un hilo comunicante) o a quienes se les escuchaba a lo lejos las canciones de Victor Jara, Violeta Parra o Mercedes Soza.


Jueces, curas, militares y policías represores contaron con el apoyo incondicional del jefe de la Unidad Penal N°9 de La Plata durante la dictadura, el prefecto Abel David Dupuy, para torturar, asesinar a los presos y amenazar a sus familiares.


La Asociación por los Derechos Humanos de La Plata responsabilizó a Dupuy de las violaciones a los derechos humanos que sufrieron los detenidos en aquel penal de esta ciudad, desde fines de 1976 a 1980, período en que el prefecto estuvo a cargo de la jefatura del penal. En la solicitud, de cuarenta páginas, el organismo individualizó nueve homicidios, cinco casos de desaparición forzada y 19 de tormentos. (ADHP).


Gonzalo Carranza me anunció su muerte. Sabía que su destino era inevitable. Lo habían condenado al patíbulo por adelantado. No importaba si era inocente o no. A los represores tampoco les interesaba el sufrimiento de su esposa, de sus padres, de los que lo conocimos y quisimos. En mi caso tan fugazmente. Yo pude salir a Inglaterra, con Alicia, mi esposa. Mis hijos, Rodrigo y Andrés, se encontraron con nosotros en viaje directo desde Chile, dónde tuvieron que permanecer durante un año por las amenazas de muerte que habían recibido en Buenos Aires.


Gonzalo está entre las treinta mil personas que desaparecieron en Argentina. Seres humanos distintos con historias, ilusiones y deseos, con amigos, padres, madres e hijos que los aman, los recuerdan y claman por la verdad y justicia que merecen. Yo te sigo recordando Gonzalo y también te recuerda Benedetti. Si, ese. El mismo escritor uruguayo, ahora anciano, que tanto te gustaba y del que me hablabas cuando tu estabas de pie y yo sentado y luego yo de pie y tu sentado en “el Chancho” de Villa Devoto. Y allí estuvimos porque “los presos políticos no corren” y “los presos políticos no se abren los cantos”.


“A pesar de las muertes que los militares les depararon, los 30.000 desaparecidos permanecen poblando el compromiso y la esperanza. 30.000 desaparecidos que siguen aferrados en la gente que protesta, que se enfrenta, que desafía a un sistema aberrante de injusticia y perversión. 30.000 desaparecidos que reaparecen en cada fisura social, en cada marea que los trae, en las Madres que los reclaman; en los Hijos que los nombran y los pelean. 30.000 desaparecidos que son parte indisoluble de todas y todos los que han seguido luchando, sobrellevando sus ausencias. 30.000 desaparecidos que tomaron cuerpo y voz en otras latitudes en donde los reconocen como propios.” (Benedetti)

Artículo publicado en Polis, revista de la Universidad Bolivariana

08-09-05

LA HUMILLACION DE ARTURO FREI Y LA NUESTRA


El sentimiento de humillación expresado por Arturo Frei, al visitar al general Pinochet en su condición de detenido en Londres, me hizo recordar una experiencia personal que tuve en Buenos Aires hace 23 años atrás.


En la mañana del 25 de noviembre de 1975, cuatro policías de Coordinación Federal derribaron a patadas la puerta de mi casa, en el barrio de Caballito, cerca de la Plaza Irlanda. Mi esposa Alicia y yo fuimos tratados violentamente por estos repentinos visitantes que nos golpeaban, destruían la casa y se robaban el dinero y las escasas cosas de valor que teníamos. Amarrados, nos llevaron a las oficinas centrales de la Policía Argentina, donde nos tuvieron vendados durante diez días, literalmente a pan y agua, con golpes y amenazas persistentes.


A la incertidumbre por no saber que sucedía con Alicia, separada de mi lado al momento de llegar al edificio principal de Coordinación Federal, se agregaba un dolor intenso por la condición de desamparo en que habían quedado mis hijos Rodrigo y Andrés (de 5 y 7 años), quienes de vuelta de la escuela, se encontrarían sin sus padres y con una casa semidestruída. Me atreví, entonces, a preguntar al comisario (creo que de nombre Quinteros) el motivo de la detención y nuestro futuro próximo. Me respondió que a petición de la DINA era buscado y que sería enviado inmediatamente a Santiago. Cuando pregunté, con sorpresa, que tenía que ver la policía argentina con un profesional chileno, que trabajaba en las oficinas del INTAL (organismo internacional dependiente del BID), se me respondió al mejor estilo porteño: sos gil o te hacés.


Podemos tener muchas diferencias con el Estado chileno, pero ninguna en el entendimiento y colaboración para aplastar a terroristas, marxistas, izquierdistas y quienes los ayudan. Recordé, en ese momento, que aparte de mi trabajo profesional, asesoraba a un programa del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), para ubicar en países solidarios con el exilio chileno a estudiantes y académicos que se encontraban detenidos en campos de concentración o que habían quedado sin trabajo en Chile.


Gracias a la solidaridad internacional, y probablemente debido al hecho que dos ciudadanos británicos fueron casualmente detenidos en la misma ofensiva represiva, no fuimos devueltos a territorio chileno. Mi esposa y yo, junto con Juan Bustos, Ernesto Benado, Catalina Palma y algunos otros exiliados fuimos encerrados en la carcel de Villa Devoto, “a disposición del Poder Ejecutivo Nacional”. Esto significaba que, sin juicio por delito alguno, quedábamos detenidos, bajo la voluntad discrecional del gobierno argentino, por ser individuos supuestamente peligrosos.


En la carcel de Villa Devoto mi esposa y yo estuvimos durante casi un año, sin autorización para vernos. Muy ocasionalmente se nos dió la oportunidad de recibir la visita de nuestros padres, que debieron instalarse en Buenos Aires, para proteger a nuestros hijos que durante varias semanas fueron amenazados telefónicamente. 


La visita familiar en la carcel de Villa Devoto contemplaba una revisión anal y vaginal para los familiares de los presos, con lo que se pretendía evitar el probable ingreso al penal de alguna lectura, lo que se encontraba terminantemente prohibido.


Recuerdo hoy día, con el mismo dolor de hace 23 años, el llanto incontenible de mi hijo Andrés que en dos ocasiones no pudo ver a su madre, por impedimento caprichoso de las gendarmes.


El 24 de marzo de 1976 se produjo el golpe de Videla en Argentina. En días previos nos visitaban unos individuos, vestidos de civil, con aspecto facineroso. En cada piso de Villa Devoto nos obligaban a identificarnos, nos desnudaban y nos apuntaban con subametralladoras. Los encierros habituales de 23 horas en las celdas se convirtieron en permanentes durante las dos semanas previas al golpe y las dos semanas posteriores.


La carcel, que había sido dificil hasta antes del golpe de Videla, se convirtió en un infierno después del 24 de marzo. La relativa certidumbre, que por nuestra condición de chilenos, alcanzaríamos la libertad se transformó en miedo e inseguridad, cuando varios compañeros argentinos fueron sacados de sus celdas y asesinados por la espalda en los alrededores del aeropuerto de Ezeiza o incluso cerca de Villa Devoto.


Hasta ahora no me puedo olvidar de Gonzalo Carranza, joven de 27 años a quien conocí en una celda de castigo, dónde por 15 días nos golpearon y tiraron agua fria durante todas las noches. Gonzalo se había enfrentado varias veces a la policía y, según me lo dijo, se la tenían jurada. Al poco tiempo me enteré que lo habían sacado de la carcel y su cuerpo apareció ametrallado.


En ese período, en que la muerte nos rodeaba, se hablaba abiertamente de la coordinación militar represiva entre la DINA y los militares argentinos. En tales condiciones, nuestros abogados (amenazados a diario por los “ servicios de seguridad”) aceleraron trámites y apelaron a todo tipo de instancias internacionales para obtener nuestra salida de la cárcel.


Una mañana de septiembre de 1996, días antes del asesinato de Letelier en Washington, la Policía Federal me sacó de la carcel y me condujo esposado hasta el aeropuerto de Ezeiza, dónde me colocaron en un avión de Aerolineas Argentinas, expulsado a Gran Bretaña. Al cabo de dos semanas me reencontré con mi esposa, la que poco antes de la partida debió sufrir, durante una noche de pesadilla, todo tipo de acosos sexuales de parte de funcionarios de la misma Policia Federal. Algunos días llegaron desde Chile nuestros hijos, con quienes nos reuniríamos luego de una dolorosa separación.


Como se sabe, mi experiencia no fue única. En aquellos años, miles de chilenos vivieron la detención, la tortura, la desaparición y la muerte, en territorios chileno y argentino. En mi caso, el de mi familia y de algunos otros amigos que nos exiliamos en Argentina, experimentamos directamente lo que fue la Operación Condor, vale decir la coordinación policial y la actuación extraterritorial de funcionarios de la DINA en Argentina.


A pesar de lo vivido, debo decir que me he reconciliado con Argentina y sus instituciones. Que lo sepa el Presidente Menem y su Embajador en Santiago. A comienzos de 1994 recibí la buena nueva, junto con todos los que estuvimos presos “a disposición del Poder Ejecutivo Nacional” que seríamos indemnizados, y no sólo por haber estado presos sin cargo alguno, sino además por haber sido expulsados sin poder retornar a Buenos Aires hasta que se levantó tal disposición con el Presidente Alfonsín.


Pero mucho más importante que la reparación monetaria, fue el encuentro que tuve en Quito con el Comandante en Jefe del Ejercito Argentino, General Martín Balza. Invitado a almorzar por la Embajadora argentina, le conté al general Balza la experiencia vivida en Buenos Aires. Al terminar mi historia, el general emocionado y con los ojos al borde de las lágrimas, me dijo lo siguiente: Embajador Pizarro, le ruego me perdone por lo que le hicimos; esto nunca más sucederá en mi país. Con estas palabras, que ya las había hecho públicas a su propia nación, me sentí reparado por Argentina.


Todavía estoy esperando la reparación de mi país. El gesto de Arturo Frei no ayuda a ello. El de Pinochet es el que se necesita.

22 de noviembre de 1998