viernes, 3 de diciembre de 2010

GARABOMBO, EL INVISIBLE

Soy invisible. He tomado conciencia de que sufro la enfermedad de Garabombo, el personaje de la novela de Manuel Scorza. Garabombo era invisible porque el poder político y el poder económico no lo veían. “No lo veían porque no lo querían ver. Era invisible como invisibles eran todos los reclamos, los abusos y las quejas”. Me sucede lo mismo. Sufro su misma enfermedad. No me ven, porque critico y en nuestra sociedad el establishment no acepta a los críticos. Los declara inexistentes. 

Hace algunos meses atrás el ex Presidente Lagos decidió que yo no participara en el acto oficial de entrega de la medalla Bernardo O’ Higgins a favor de mi amigo Marco Aurelio García, a pesar de la solicitud expresa de éste. Lagos no quiso verme. Las razones, supongo, dicen relación con las críticas que hice a su gobierno. Por otra parte, muy recientemente, el ex Presidente Frei Ruiz Tagle, convocó a quienes fueron sus ministros a un almuerzo de camaradería. No fui invitado. Frei no quiso verme. Según me han dicho ello no se debió al olvido, sino a la molestia que provocó mi renuncia al Ministerio de Planificación en su momento. Ellos están en su derecho y yo en el mío. Y mi derecho amerita también un comentario. 

Es bien difícil criticar en nuestro país, especialmente a los poderosos, sean estos políticos o empresarios. Es malo que así sea ya que la crítica educa a la juventud, ayuda a que los países avancen, favorece a la democracia y así la sociedad civil aumenta su participación en los asuntos públicos. Por ello no he transado mi derecho a discrepar y me he embarcado en el camino de la crítica, convencido que ayudaré a que nuestro país progrese. Por eso mismo es que cuestioné la torpe discusión que se dio en el Partido Socialista, a propósitos de las últimas elecciones. Eso de centrar la controversia en torno a quien es más incondicional al gobierno de Michelle resulta un absurdo, cuando lo que debe definir a un partido progresista son los problemas del país y sus compromisos con los postergados, los que todavía esperan ser representados como corresponde. 

Hanna Arendt, nos explicó en su magnífico libro, “Eichmann en Jerusalen: la banalidad del mal”, que sólo la reflexión, el cuestionamiento y la crítica pueden ayudarnos a discriminar entre el bien y el mal. Si no criticamos, no pensamos y si no pensamos podemos llegar a convertirnos en un engranaje más de la máquina burocrática, lo que nos puede conducir a cometer terribles injusticias. 

¡Es que recibía órdenes! 

¡Es que era mi trabajo! 

El caso de Eichmann. No era un monstruo y asesinó a 6 millones de seres humanos. Por ello, he alcanzado la certeza de que hay que desconfiar de los poderes, de los fácticos y de los formales. Y hay que criticarlos, aunque se enojen y a costa que nos repriman. No sólo en Chile, sino en cualquier país del mundo y bajo cualquier signo político que los controle. 

Seguiré siendo, entonces, invisible como Garabombo. Los dirigentes políticos no me ven. Pero, al mismo tiempo, ello es una ventaja. Porque quizás podré resolver la paradoja que significa seguir acumulando un inmenso superávit fiscal mientras las desigualdades se acrecientan. Quizás podré encontrar una explicación para el enigma de que los hospitales y las escuelas públicas no cuentan con equipamientos mínimos para servir a los más necesitados mientras todavía discutimos que hacer con la plata que nos sobra. También podré pensar y encontrar una explicación para esas demandas estudiantiles, de aquellos jóvenes que no pueden pagar la PSU ni menos sus estudios en las universidades. 

Intentaré explicarme el porqué nuestros indígenas son mejor protegidos por el escritor Saramago antes que por nosotros mismos. Y, como soy invisible, podré decirle a mi gobierno que resulta imprescindible promover la pluralidad de la prensa para que no nos siga aplastando con el pensamiento de los poderosos y para tener más posibilidades de pensar y protestar. Y le diré que para hacerlo basta que la publicidad gubernamental no discrimine a la prensa independiente. 

Soy invisible, igual que Garabombo, y me alegro de ello. 

17-05-06

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Crecimiento, sólo crecimiento

En la ENADE 2010, encuentro anual ineludible para economistas del establishment, empresarios y autoridades de gobierno, el ministro de Hacienda Felipe Larraín señaló que el país se encontraba en un “círculo virtuoso” de crecimiento, creación de empleo y baja inflación; y, en tales condiciones, las perspectivas de alcanzar el desarrollo para el 2018 serían auspiciosas. Algunos días antes, el Presidente Piñera había provocado molestias en la Concertación porque en su viaje a Japón criticó el bajo crecimiento de la economía durante los cuatro años de gobierno de Bachelet.

El énfasis en el crecimiento no es casual ni de los tiempos que corren. Desde hace veinte años, el crecimiento ha sido preocupación prioritaria de políticos y economistas, tanto de la Alianza como de la Concertación. Asunto curioso, ya que antes de 1990, la crítica de los economistas DC, PPD y PS al modelo instalado por el régimen de Pinochet cuestionaba el crecimiento sin una concepción global del desarrollo, así como la creencia ingenua en el libre mercado no regulado y la pasividad del estado en la economía. Sin embargo, a partir del momento que la Concertación se convierte en gobierno no se implementa una estrategia alternativa que trascienda la preocupación por el crecimiento. Es cierto que se habla de la equidad en los gobiernos de Aylwin y Frei e, incluso, en el programa de Lagos la consigna fue “crecimiento con igualdad”. Sin embargo, ello se quedó en el discurso ya que si bien se redujo la pobreza no hubo una preocupación, ni medidas de política pública, para favorecer una mejor distribución del ingreso, reducir las desigualdades de acceso en salud y educación, ni tampoco para generar equilibrios territoriales entre Santiago y las regiones.


El hecho ineluctable es que la mala distribución del ingreso, la concentración de la riqueza y la extrema centralización del poder económico en Santiago han sido consecuencia inevitable del énfasis exclusivo que se ha colocado en el crecimiento, sin una estrategia de desarrollo que lo acompañe. Un crecimiento sin dirección, con un estado pasivo, sin autoridad para orientar el desarrollo, ha culminado en una sociedad marcada por una elevada concentración de la riqueza y desigualdades profundas, muy lejos del camino de desarrollo adoptado por los países industrializados.


Sin estrategia de desarrollo, la política económica deja de ser un orientador de agentes y recursos y se convierte en un instrumento funcional a las decisiones del mercado, lo que en definitiva favorece sólo el accionar del gran capital y la concentración de la riqueza en pocas manos. Así las cosas, la economía chilena cierra las oportunidades de progreso a los pequeños empresarios y, por otra parte, impide el mejoramiento de la fuerza de trabajo.

En consecuencia, la obsesión por el crecimiento, sin mediaciones, ha conducido a la conformación de una estructura productiva en que prima la explotación y exportación de recursos naturales. Y, cuando el mercado orienta la actividad, sin mayores regulaciones, al empresariado le resulta más rentable dedicarse a procesos de producción y exportación de recursos naturales, cuya explotación es entregada gratuitamente por el estado. El mercado favorece así la orientación de la inversión hacia la explotación intensiva de recursos naturales, mientras el estado, con su comportamiento neutral, desincentiva iniciativas potenciales a favor de la producción de bienes de transformación. Ahora, con el precio del cobre y de los alimentos a niveles inéditos, Chile y probablemente otros países de América Latina acentuaran su condición de exportadores de recursos naturales lo que nos alejará aún más del camino hacia el desarrollo.

Una verdadera estrategia de desarrollo debiera apuntar al objetivo de conformar una estructura productiva y exportadora diversificada, que incorpore mayor valor agregado nacional a los bienes y servicios, que potencie a los pequeños empresarios y que favorezca un empleo de mayor calidad así como relaciones equilibradas entre el capital y el trabajo. Así ha sido en los países que en las últimas décadas han alcanzados el desarrollo, como Corea y Finlandia. En Chile, mucho se ha hablado sobre esta necesidad insoslayable, pero nada se ha hecho. La voluntad política ha estado ausente para impulsar esa transformación. Y, la verdad es que el crecimiento por sí sólo, por elevado que sea, no conduce al desarrollo.

28-11-10

Kirchner desde Chile

La vecindad entre Chile y Argentina ha sido compleja. En tiempos de dictaduras se vivieron enfrentamientos limítrofes que casi culminaron en una guerra fraticida, así como coincidencias oprobiosas con la Operación Cóndor. En los años noventa, hubo notables afinidades económicas y políticas entre Menem y los gobiernos de la Concertación, pero divergencias manifiestas cuando el Presidente Néstor Kirchner asumió el gobierno. Incluso un canciller chileno sufrió incomodidades por haber asociado el peronismo con fascismo. Por otra parte, los chilenos de la elite disfrutan con entusiasmo las calles y teatros de Buenos Aires, pero observan con desdén la política argentina y desconfían del peronismo.

Las diferencias en asuntos económicos se hicieron evidentes con el viraje heterodoxo que impulsó Néstor Kirchner, el que modificó sustancialmente el camino que había adoptado Menem. La nueva política económica y sus énfasis regulatorios molestan a los economistas chilenos, los que despliegan feroces argumentos para demostrar que está condenada al fracaso, lo que resulta paradójico cuando se observa el crecimiento incesante de las inversiones chilenas en Argentina.

Hay que reconocer, con hidalguía, que Néstor Kirchner sentó las bases de la recuperación argentina, después de la debacle económica y social del periodo de Menem. La propia revista The Economist, destacada por su postura liberal, elogió recientemente la política económica de los Kirchner. Es que las cifras son aplastantes: un crecimiento económico que ha promediado un 8% anual desde el 2004 al 2008, con un superávit fiscal primario que no baja del 3% anual y un superávit de la balanza comercial de US$ 10.000 millones cada año desde el 2003 a la fecha y con un record de US$ 92.000 millones de exportaciones en 2008. Así las cosas, la deuda externa se ha reducido desde el 150% del PIB antes de asumir la Administración Kirchner proyectándose que cerrará este año en 44% del PIB.

Por otra parte, la pobreza provocada por las políticas neoliberales de Menem alcanzó el 55% en el 2003 y con los gobiernos de Néstor y Cristina se redujo a 24% en 2008. Al mismo tiempo, el fortalecimiento de la negociación colectiva ha permitido el aumento de la participación de los asalariados en el ingreso desde el 35% en 2003 al 44% en 2008, mientras el desempleo que había alcanzado un 34% en el peor momento de la crisis, se redujo a sólo el 7.5% en 2008.

El ataque del “establishment” chileno a los Kirchner se explica sólo por la obstinación ideológica de sus economistas y el temor exagerado de los empresarios a una política de precios regulados para los alimentos básicos. También al rechazo que les provoca el aumento de las “retenciones” (impuestos) de exportación a la carne, leche, trigo, soja, maíz, sorgo, medidas que apuntan a desvincular los precios internos de los externos, para redireccionar ingresos hacia otros sectores. A pesar de ello el empresario Paulman, que sabe de negocios, sigue ampliando sus actividades en Argentina.

Todas esas medidas, así como el tipo de cambio administrado o la modificación del sistema privado de pensiones, han sido cuestionadas sistemáticamente por los economistas chilenos. Tanto es así que durante la crisis internacional del 2009, proliferaron los anuncios catastrofistas sobre la debacle argentina. Entre ellos el de Sebastián Edwards, quien declaró, sin vacilaciones, que Argentina sería una de las naciones más afectadas por la crisis y que Chile, gracias a sus “buenas políticas”, la enfrentaría con éxito.

Los malos augurios resultaron equivocados. La economía argentina emergió airosa de la crisis del 2009, creciendo al 0,9%, mientras la chilena se contrajo en 1,5% en ese mismo año. Actualmente, Argentina persevera en su ofensiva exportadora, ha resuelto exitosamente su deuda con el FMI y las inversiones extranjeras se mantienen en vigor. Al mismo tiempo, la CEPAL pronostica para el 2010 un crecimiento económico del 7%, uno de los más altos para la región.
En suma, la nueva estrategia económica argentina ha recuperado la actividad productiva y el progreso social, gracias al mejoramiento de la posición negociadora de los trabajadores y a una política económica heterodoxa, que a la fecha ha sido exitosa. Todo esto en un contexto macroeconómico que ha llevado a Standard & Poor´s a elevar la clasificación de riesgo soberano argentina. Los economistas y políticos chilenos debieran entender que ha sido un error mirar a Argentina con sus propios parámetros. Nuestro homenaje al Presidente Kirchner debiera ser, al menos, el reconocimiento a una estrategia de desarrollo que ha mejorado las condiciones económicas y sociales de los hermanos argentinos.

21/09/2010